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La envidia es el sentimiento que siempre se niega, el más vergonzoso, el más profundo, el que distorsiona el semblante dulce de tu rostro. La ira explota, el amor se exhibe, la lujuria se desborda, los celos se desatan, pero la envidia mira sigilosa desde su escondite, hace terribles muecas que embarran de atroz tormento. Es expansiva y corrosiva. Destruye los días luminosos con su calidez que estremece. Gélida y perniciosa, congela los gestos bellos que te obsequian con ternura, mientras clava la aguja lacerante en el suspiro que revitaliza. Ata tus muñecas para estrujar las entrañas. Borra el abrazo sincero y cariñoso y lo transforma en un doloroso golpe que asfixia. Consigue mutar la más espléndida belleza en la amarga sal de tus lágrimas. Es insensata, voraz y aniquilante. La neblina espesa que empaña la verdad acogedora. La envidia es el limbo de lamentaciones que no existe. Siempre distraída observa de reojo con su aire de víctima. Tan grotesca en su papel de bufón incomprendido. Tan ridícula y risible que pasa por una anciana solemne. Y todo esto, sólo para decir… tengo envidia de tu amor.








